Manuel Altolaguirre
o el verbo inefable
Tres años antes de la publicación de sus controvertidas Poesías completas, escribía ya Luis Cernuda:
De Juan de la Cruz tiene Manuel Altolaguirre el fervor amoroso, el ímpetu apasionado, el son denso y grave, que ya desde su primer libro, Las islas invitadas, latía entre la gracia leve e infantil de una adolescencia permanente.
De forma más patente que en San Juan, Manuel Altolaguirre se deja acariciar, contemplar en lo íntimo, pasivamente, como un niño pequeño: "Éste necesita del amor, lo mismo que un niño (…) para sentirse guardado, defendido: el amor no despierta en él deseo de envolver, de proteger, de acariciar, sino de sentirse envuelto, protegido, acariciado." (Ibid.). Y el propio autor se explaya sobre el Santo: "¿Y San Juan de la Cruz? "Sin otra luz ni guía sino la que en el mismo corazón le ardía", por una noche amable más que la alborada, fue buscando su amor".
No es una influencia aislada la de Juan de la Cruz. Lirica medieval, Gustavo Adolfo Bécquer, Machado o Unamuno confluyen de igual modo en Altolaguirre. Por otra parte, el místico español dejó también su impronta en otros miembros de la generación o grupo del 27, como Pedro Salinas –"El hombre se aproxima más a la totalidad" -, Jorge Guillén de Cántico y Homenaje o Dámaso Alonso de Hijos de la ira.
La veta de lo clásico, intimista siempre, se deja traslucir en su estudio magistral en torno a Garcilaso:
El sueño de la muerte y los sueños de amor le aguardaban, y tomando ora la espada, ora la pluma, dibujó una de las vidas más hermosas y atrayentes de su época.
Trasunto del amor y de la muerte, y del dolor más hondo, intenso, oscuro: "Su dolor lo llevaba dentro, su verdadera vida fue vida interior". Y clásica es también la inspiración de guiones de cine como El rufián dichoso –de 1947, que recoge escenas cervantinas de El viejo celoso, El licenciado vidriera y Don Quijote-; Las maravillas –del mismo año y que engloba a su vez El retablo de las maravillas, El telar de las maravillas y El filtro de las maravillas, entre Cervantes y Andersen-; y El cantar de los cantares de Fray Luis –1958-. Pero hay en Altolaguirre otro elemento esencial que lo acerca a la mística, el silencio:
De niño me enseñaron a recordar. (…) De vez en cuando me obligaban a una completa confesión de mi vida hecha después de varios días de silencio; días con horas deliciosas a la sombra de los árboles frutales de una huerta.
Y en su adaptación cinematográfica de El cantar afirmará Fray Luis:
Cuando se ama, no se puede decir tanto como se siente y por eso son sus razones entrecortadas y llenas de oscuridad.
Amor, introversión pasiva, angustia existencial que lleva muchas veces a otra búsqueda, insaciedad, silencio. Salvando las distancias, la experiencia inefable de San Juan de la Cruz y el constante repliegue hacia sí mismo en Manuel Altolaguirre no son tan diferentes, tomando éste de aquel algo más que palabras y cadencias. Podemos observarlo en las distintas versiones de Las islas invitadas –"las ínsulas extrañas", ¿simple coincidencia?-, su primer poemario, y en otros libros, del juego vanguardista de los veinte a la lírica humana y más comprometida de postguerra.
El homenaje a Góngora, en el 27, supondría una apuesta bien concreta por su belleza oscura, y por las formas puras, de torre de marfil, de Garcilaso o Juan. Manuel Altolaguirre contribuiría al acto con su Poema del agua:
Árbol tendido, transparente, el río sus ramas ascendentes, descendiendo, al monte, eleva, de los manantiales.
El verso retorcido, como rama frondosa de hipérbatos e imágenes, convive con el símbolo del agua, río y monte a la vez, que se eleva y se hunde hacia el centro más íntimo, del aire y de sus islas, de la noche total de los sentidos:
Las nubes recortadas, suspendidas, islas del aire, blancas, miniaturas de plantas florecidas, altas, cobijan. Azules derramados. Coincidiendo los claros horizontes y los confines oscuros de la noche, en la que hundida media tierra sin quilla se adormece.
(Poema II, vv. 1-3 y 10-14, pp. 115-116).
Pero ya un año antes, en 1926, Manuel Altolaguirre había dado a la luz Las islas invitadas y otros poemas, en la Imprenta Sur, de Málaga –fundada junto a Emilio Prados en 1924-. El juego conceptual y metafórico tan propio de vanguardia dejaba traslucir constantes alusiones a la cumbre, al pastor, a un bello anochecer existencial en el límite áureo de la tierra:
Negras cabras en fuga perseguidas por el pastor, que sube cotidiano a la cumbre del día, dieron la vuelta al mundo, sorprendiendo –sus mil ojos brillantes- acalorado ya, sangrante, rojo, al fin de su descenso, al pastor, que ignoraba ser el broche de oro en el borde bordado de la tierra.
("Las islas invitadas", 3, "Negras cabras", pp. 99-100).
A la expresión más lírica del sufrimiento humano: "Ojo, no por su forma, / sí por estar a llanto sometido." ("Manantial y ocaso", vv. 1-2, p. 101). Y también a la muerte –ese año de 1926 moría la madre, y en 1910 había muerto el padre, cuando el niño Manuel contaba cinco años de edad-:
¡Qué golpe aquel de aldaba sobre el ébano frío de la noche! Se desclavaron las estrellas frágiles. Todos los prisioneros percibimos. El descoserse de la cerradura. ¿Por quién? ¿Adónde?
("Viaje", 1, "Su muerte", vv. 1-6, p. 104).
De 1927 es Ejemplo (Málaga, Imprenta Sur), donde el alma y el cuerpo parece se hacen uno en el paisaje, al tiempo que se aislan bajo las siete claves del silencio: "Cerré con llave el rostro, / cofre de lo indecible, / permaneciendo inmóvil, / indiferente al aire. // Y quedé olvidado, / hermético, interior, / de tactos, luz y música, / olvidado y ausente." ("Poemas de asedio", 2, "Cerré con llave", pp. 132-33). Y el alma, así, se antoja imperceptible: "Se levantó sin despertarme. / Andaba lenta, aplatándose tanto, / hasta pasar bajo imposibles / sitios huecos, / o estirándose fina como un ala, / atravesando puertas entreabiertas." (3, "Alma", vv. 1-6, p. 133). Un silencio visual ante el reflejo externo, por doloroso, frente a la noche íntima que atesora vivencias: "Lo que fue en el espejo / diminuta, irregular esfera, / ahora al cerrar los ojos: / ¡qué nocturna llanura inmensa guarda!" (4, "Memoria", vv. 1-4, p. 134). Soledad sin ventanas: "Mi soledad llevo dentro, / torre de ciegas ventanas." (8, "Separación", vv. 1-2, p. 139). Paraíso cerrado donde todos los pájaros convocan al encuentro interior -¿el pájaro solitario de San Juan?-:
Estabas solo y alto. Yo miraba cómo todos los pájaros debajo de tu frente se escondían.
("Otros poemas", 1, "Retrato", vv. 1-3, p. 142).
Más distancia entre paisaje y alma, trascendencia y materia se da ya en Poesía (Málaga-París, 1930-31), del mismo título que la nueva revista literaria: "Al ver por dónde huyes / dichoso cambiaría / las sendas interiores de tu alma / por las de alegres campos." ("Escarmiento", 1, "Fuga", vv. 1-4, p. 149). El hombre, y el poeta, frente al mundo:
La ventana separa el mundo de los trenes, de los grandes vapores, de los hombres a pie, del mundo quieto de un alma sola.
(4, "La ventana", vv. 1-6, p. 151).
Un espacio interior propicio para el sueño: "¿Qué importa que tus años / sean muchos, si en tu frente / hay sitio para un sueño?" ("Saraí", Acto I, vv. 1-3 de la 4ª estrofa, p. 159). Pero contradictorio y antagónico, al tiempo hondura y vuelo: "No bajo montes de tierra / sino que escalo simas de aire. / Lo más hondo del barranco / es cumbre de estos cristales." ("Paseo", 1, "La llanura azul", vv. 1-4, p. 160). La oscuridad total que preludia la unión y la Palabra:
Ahora la luz no existe ni vemos ya la rosa, ni el niño, el hombre, el árbol, ni la nube, ni el sol. Dios mio, estoy en tu Voz sin espacio ni tiempo, entre otras voces tuyas creadoras.
("Vida poética", 11, "Olvido", vv. 1-7, p. 169).
Pocas veces una metapoética tan bella en la lírica española, una declaración tan estremecedora del íntimo silencio creador. Es la fuente escondida tras la nada: "Sentidos ignorados del Universo: / ¿adónde lleváis las sensaciones / que adquirís de la nada?" (12, "Preguntas", vv. 1-3, p. 170). Es la vida y la muerte, finamente enhebradas: "Mi cuerpo, / no te separes de tu sombra, / que se muere. // Que se muere el cuerpo / (sombra que es del alma). / Alma, / no te separes de tu cuerpo." (16, "Sombras", vv. 1-7, pp. 173-74). La esencia de la luz, intuida en la noche:
El alma es igual que el aire, con la luz se hace invisible, perdiendo su honda negrura.
Sólo en las profundas noches son visibles alma y aire. Sólo en las noches profundas.
("Amor", 3, "Noche", vv. 1-6, p. 190).
1931 supondría un antes y un después para muchos poetas. La República trajo una esperanza, una participación mayor en la esfera social y cultural, un aire renovado. El patrón literario del juego por el juego se irá sustituyendo por otro más humano, inspirado en Machado y Unamuno. Borradores (1931) y La voz cálida (1934), de Ildefonso-Manuel Gil, Júbilos (1934) de Carmen Conde, o Perito en lunas (1933) y El rayo que no cesa (1936) de Miguel Hernández –en Ediciones Héroe-, entre otros, marcaron una época. También a Altolaguirre la vida parecía sonreírle. Continúa sus viajes por Europa –París, Madrid, Londres-; conoce a la que será su esposa, Concha Méndez, en 1932 –testigos de su amor, García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Guillén, Cernuda-; persevera en su labor editorial, con Ediciones Héroe –donde aparece La lenta libertad (1936)- y las revistas 1616 (Londres, 1934-35) y Caballo verde para la poesía (1935-36). En Soledades juntas (Madrid, Plutarco, noviembre 1931), poemas aún inéditos junto a una antológica de lo ya publicado, no sin cierto regusto gongorino, le cantará al amor:
Me conducen los ríos, y tu amor, ese lago corazón de la isla, es la fuente de todas las líquidas comarcas. Te haces querer. Te quiero. Mira mis blancas olas.
(Parte I, 3, "Te quiero", vv. 15-21, pp. 199-200).
Pero también a la muerte –manifiesto el influjo manriqueño-: "Nuestras vidas son los ríos / que van a dar al espejo / sin porvenir de la muerte." (Parte II, 5, "El mar", vv. 1-3, p. 207). Y hasta a la soledad, como una isla en medio de dos cuerpos que se aman: "¡Qué sola estabas por dentro" (Parte I, 1, "Beso", v. 1, p. 198).
Continúa el auge editorial cuando en 1936 (Madrid, Viriato) ve la luz la segunda versión de Las islas invitadas. Poesía ya de plenitud que deja vislumbrar oscuros desarraigos –en 1933 fallece el primer hijo de Manuel y Concha, en 1934 el ambiente político y social parece comenzar un nuevo rumbo-, refleja una soledad más absoluta, contradictoria, íntima:
Bajo esta unión sin límites, los hombres solitarios se encierran en sí, aguardan olvidos y presagios, nieblas íntimas, aires, besos encarcelados, dicha sin libertad.
("Aire y niebla", vv. 13-19, p. 239).
El poeta, y el hombre, se entrega a la noche más cerrada: "Consoladora noche, / madre que es toda oídos, / para las quejas hondas, / para los altos gritos." ("Noche", vv. 13-16, p. 241). A un amor que le anega: "Ahogada en amor, tu amor / como un mar me sostenía. / Altos vientos me empujaron / solitario a la deriba." ("Abandono", vv. 5-8, p. 240). A una ausencia de límites que rozan lo inefable: "Tu mirada nada mira; / tiene un dolor tan lejano / que ahora está relacionada / con cosas de otro nivel, / con flores, luces, aromas, / de un firmamento más alto, / último jardín de Dios." ("No sé si llevas", vv. 7-13, p. 240).
Pero es también un cántico al presente, amor y plenitud sin comisuras, negación de deseos que peturben el vuelo de las aves, isla en el dolor de la existencia:
Mi presente una isla rodeada de amor por todas partes, sin esperanzas, sin recuerdos, donde todas las aves son besos que se esconden en las frondas sangrientas.
("Mi presente", vv. 1-6, p. 244).
Y el libro es asimismo una metapoética condensada, reflejo del autor en sus sílabas mínimas: "Editor de cristales / de mí mismo, me pierdo. / Voy por campos y valles / con mis sombras por séquito, / que me abandonan cuando / por donde paso, quedo." ("Editor", vv. 1-6, p 248). Clave secreta y última del amor y la muerte: "Para entrar en tu ausencia, / en esa construcción de tu vacío, / tus palabras mayores –muerte, amor- / son las puertas que invitan." ("Homenaje a Julio Herrera y Reissig", vv. 1-5, p. 249). Desvelar hermosísimo del corazón del verso:
Recorre el amor mi verso, baja y sube por sus hijos; el corazón que lo impulsa nunca lo dejo tranquilo, que quiere vivir y late, corazón propio, escondido entre palabras que corren por venas que son suspiros. Mujer desnuda, el poema guarda su secreto ritmo.
("Secreto", vv. 1-10, p. 250).
Después de 1936, Manuel Altolaguirre disminuye su producción poética, a cambio de una mayor dedicación al teatro –director de La Barraca ese mismo año- y al cine. La impronta de la guerra y el exilio a La Habana y luego a Méjico, junto a la separación de su primera esposa, habrían de dejar huella en su vida. Se inserta de este modo en esa línea entre existencial y desarraigada de los dos grandes hitos de postguerra, Sombra del paraíso de Vicente Aleixadre e Hijos de la ira de Dámaso Alonso, a mitad de camino una vez más entre el garcilacismo clasicista y el desgarro interior del hombre dividido y solitario –según las coordenadas de la época, entre Garcilaso y Espadaña-.
La edición de Poemas de Las islas invitadas (Méjico, Litoral, 1944) se muestra, en consecuencia, más sombría, introspectiva, oscura:
Mi corazón dio golpes en la oscura puerta interior, y se me fue la vida hacia dentro, hacia ayer, hasta sentirse encerrada de nuevo en la semilla del Sembrador de sueños.
("Hacia ayer", vv. 1-5, p. 274).
La vida como sombra y como sueño, calderoniana y clásica, toma visos de esencia: "Sombra de un sueño somos, / de una oscura llanura / que da su faz brillante / a la luz de los dioses." ("Sombra", vv. 1-4, p. 274). Y se va transformando en una inmensa soledad sin orillas: "Vivo despacio sin ti, / sin ti mis horas son largas, / debo a tu ausencia una vida / que no sé con qué llenarla." ("Vacío", vv. 1-4, p. 277). Y el poeta desvela sus heridas más íntimas: "La pequeñez de mi secreta herida / me hace llorar aún más que la hermosura / del incendio que de ella se dilata." ("Lamento", vv. 10-12, p. 280). Ese tiempo inhumano que fluye hacia la nada: "Tiempo sin forma de hombre, / con insistentes llanuras, / no atraviesa, empuja, lleva / mi tiempo humano en su espejo." ("Tiempo inhumano", vv. 1-4, p. 280). El camino que lleva al hombre y su semilla: "Porque estamos distantes / nos sentimos pequeños. / Camina hacia ti, hombre, / camina más adentro. / Cuando te des alcance, / tendrás entre tus dedos / una leve arenilla / de verdades y sueños." ("El polvo", p. 281). Y al final, el retorno más bello y entrañable al edén de la infancia:
Edad me quitan los árboles, me roban vida. Otra vez soy como un niño sin el pesar de mis días.
("Niño del alba", vv. 1-4, p. 283).
Un tiempo primigenio que perdura en la tierra y el fuego, en el alma y el aire: "Mi tiempo grabado en aire, / en agua, en fuego, en arcilla, / testimonio da de un alma / que ante Dios se exterioriza." (Ibid., vv. 17-20, p. 284). ¿No nos traen estos versos los ecos más genuinos de San Juan o Valente?
Todavía entregó Manuel Altolaguirre unos Nuevos poemas de Las islas invitadas (Méjico, Isla, 1946). Dedicados a su segunda esposa, María Luisa Gómez Mena, continúan ahondando en el misterio del hombre y su existencia. Ángel a ras de suelo en ocasiones: "Dicen que soy un ángel / y, peldaño a peldaño, / para alcanzar la luz / tengo que usar las piernas." ("Para alcanzar la luz", vv. 1-4, p. 289). Jardín cerrado en sí y en sus recuerdos: "Vida de amor, como un jardín cerrado, / por entre cuyas flores va perdido / el hombre que seré, el que vencido / por los años recuerde su pasado." ("El hombre que seré", vv. 1-4, p. 293).
En sus últimos años el autor se centró más en el cine y en colaboraciones en revistas. Pero su veta lírica seguirá acrisolando silencios interiores, fuegos de contención, oscuridades íntimas. Así en Fin de un amor (Méjico, Isla, 1949):
Pudo ser voz pero es silencio herido, ansia apagada, oscurecido anhelo, fuego y canto interior lejos del cielo, flor mineral, tesoro defendido.
("Lo indecible", vv. 1-4, p. 301).
La vida, como el canto, se repliega hacia dentro; quizá por abandono o frustración, pero quizá también por resguardar del viento tanta pasión en éxtasis. Otras veces, nos ofrece el poeta paráfrasis de versos sanjuanistas, vueltas ahora a lo humano:
Cruzó el césped tu sombra y presuroso alcé la vista por seguir tu vuelo, mas la alegría del azul del celo me hizo olvidarte, pájaro piadoso;
("Soneto a un cántico espiritual", vv. 1-4, p. 313).
O en este otro elogio a la mística:
Árboles que tenéis corteza pura., insensibles a la yedra trepadora, de terrestres amores defensora, mostráis en cambio vegetal ternura
en los últimos brotes que, en la altura del cielo, abren los labios de su flora a la amorosa luz que en esta hora derrama en ellos toda la hermosura.
("Soneto en elogio del sentimiento místico", vv. 1-8, p. 314).
El juego entre palabra y contención, tan propio de la poética del silencio, de San Juan de la Cruz hasta finales del siglo XX, continúa presente en Poemas en América (Málaga, El Arroyo de los Ángeles, 1955): "Vestida de sonido / con su piel de palabras, / sale a la luz del día / mi vida recordada." ("Mundo sonoro", vv. 1-4, p. 323). Se diría que el canto, en el poeta, es oración callada, vida vuelta hacia dentro: "Hijo de la oración, / cada mañana / dejo el seno del cántico, / me desnudo del seno que se eleva / a la gloria de Dios." ("Escribir es nacer", vv. 1-5, p. 323). Vivencia trinitaria de la luz –frente a la batalla de contrarios reflejada en el dos, en lo terretre-:
Quiero vivir para siempre en torre de tres ventanas, donde tres luces distintas den una luz a mi alma.
Tres personas y una luz en esa torre tan alta.
("Trino", vv. 1-6, p. 326).
Porque Manuel Altolaguirre, como todo auténtico poeta consagrado al silencio creador, permanece por siempre en esa edad idilica, sin tiempo, que lo fue sumergiendo hacia sí mismo: "En ella estoy. Te escribo rodeado / de una redonda fuga de horizontes, / y te respondo como desde el lago / responde el agua al golpe de la piedra." ("Tú no lo ves", vv. 17-20, p. 339). Pendiente está un trabajo más profundo que vaya desvelando en Altolaguirre una rica influencia mística, Teresa y Juan al fondo, de la herida sangrante de existencia al vuelo del amor:
En el fuego o en la rosa estás perdiendo la vida. Buscas la luz y te vuelves ceniza. Vas por aroma y te hiere la espina.
Abre tus alas que quiero leer tus heridas.
("Mariposa", p. 340).
(Mª Pilar Martínez Barca, "Manuel Altolaguirre o el verbo inefable", ÁGORA. Revista de Cultura, Ensayo y Creación Literaria, Centro de Profesores y Recursos de Ejea, Año 4, Nº 4 (abril 2006), págs. 19-24).
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